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EL CANTO SOLO

CANCIONES ARCAICAS DEL NORTE ARGENTINO
LEDA VALLADARES
EDITORIAL RICORDI, BUENOS AIRES, 1970
ORIGINAL

Presentación

Leda Valladares es una de esas incansables buscadoras del pasado. No es un pasado nostálgico, por el contrario, está lleno de energía, alegría y belleza.
        En sus innumerables viajes por toda la Argentina a colectado cientos de canciones populares, colocando el acento en aquellas obras solistas o grupales despojadas de acompañamiento o llevado éste a su mínima expresión.
        Ella misma nos entrega desde hace muchos años su arte, tal como lo documentó: simple, agreste, profundo. Su mérito es, sin dudas, haber sido un vínculo entre la tierra y el educador de la ciudad. Leda es hoy considerada una referencia indiscutible de la cultura nacional.
        Aquí presentamos el prólogo de uno de sus tantos trabajos. En este caso se trata de una compilación de doce canciones bajo el nombre de Canciones Arcaicas del Norte Argentino. Valladares aporta, en pocas líneas, sapiencia y sensibilidad sobre un tema que todos sabemos ríspido y complejo, y, como no podía ser de otra manera, agrega buenas ideas sobre el canto solo para su implementación en el aula.

 Por último queremos recordar que las especies folklóricas a las que la autora hace referencia se encuentran básicamente en las provincias norteñas de Salta y Jujuy; a partir de los 80 el área de dispersión comienza a ser cada vez mayor hasta llegar a constituir hoy una expresión reconocida y realizada en casi todo el país. Leda Valladares fue justamente una de las grandes impulsoras de tan útil y feliz difusión.

Presencias de Música, Buenos Aires, noviembre de 2001


Canciones Arcaicas del Norte Argentino

        En nuestra Argentina existen canciones de fuerza mágica que obran en el alma como lluvia y como rayo. Se llaman tonadas, bagualas y vidalas. Condensan la sustancia de siglos y han mantenido milagrosamente su aroma y su savia gracias al estilo silvestre de los cantores campesinos. Bagualas, tonadas y vidalas son de origen indígena. Las bagualas y tonadas provienen de un cancionero trifónico y las vidalas son tan variadas en su trama melódica que se escapan de un solo sistema tonal.
        Son las únicas canciones del folklore argentino que se prestan para el canto colectivo y aparecen en las comparsas carnavaleras de nuestros valles norteños. La comparsa tiene una importancia fundamental en los carnavales indígenas, criollos o negros de América. Imanta y fusiona por obra y gracia del unísono y la percusión. Rodando por callejones perdidos de nuestras aldeas hace cantar a todos sin dividirlos en réprobos o elegidos de la afinación y les permite sentirse pueblo, ser alma colectiva bajo el hechizo de la canción. Estos grupos cantores practican el canto rústico que responde a una desbordante necesidad de expansión.
        Más libre que ninguno, el canto agreste es también el más rico en posibilidades expresivas, porque todo le está permitido, desde el grito hasta el quejido, y es capaz de calmar cualquier ansiedad vital. Su secreto reside en la pujanza del acento y en la voz expulsada a borbotones. El canto agreste puede ser jadeante en el africano, espectral en el japonés y estertórico en el andaluz y en nuestro bagualero. Dentro de este mundo tan libre, el lenguaje musical puede alcanzar grados supremos de patetismo y exaltación. Así ocurre con nuestros bagualeros, cuando son solistas. Pero en las comparsas el canto pierde estas alquimias singulares para estallar o emparejarse en la fuerza vital. Acompañada de cajas, tambores, sonajeros y silbatos, la comparsa canta a grito pelado con una técnica de explosión y expulsión de la voz que es como un triunfo del libre estallido frente a la mesura "civilizada" del canto.
        Bagualas, tonadas y vidalas son las canciones más arcaicas de nuestro folklore. Aquí las mostramos en el número de una docena, mínima porción de las que transitan los valles calchaquíes y la Quebrada de Humahuaca. Hasta ahora han sobrevivido por la nobleza de sus melodías y el brío de sus ritmos, pero hoy están seriamente amenazadas. El campesino sigue practicando sus ancestrales costumbres musicales, pero los altoparlantes y las radios portátiles lo ponen en contacto continuo con una música ajena a su modo de sentir. Por eso es tan urgente rescatarlas y perpetuarlas.
        Si el investigador aporta sus pesquisas, el maestro de escuela resulta indispensable para que un material de reliquias fogueado por los siglos, siga circulando vivo en boca de generaciones actuales y futuras. La música urbana le ofrece a la escuela un tentador repertorio polifónico no siempre al alcance de la musicalidad común; en cambio, el campo y la montaña que siempre han sido fuentes generosas de esencias musicales y poéticas, nos muestran una costumbre ejemplar, un hecho ancestral y todavía contemporáneo, ideal para iniciarse en el mundo de la expresión musical: el canto colectivo al unísono y con percusión. En los campos de América se practica el canto rústico que calza a la perfección con la necesidad de grito que hay en el chico y con el oculto deseo del adulto de expresarse libremente. En esta empresa no necesitará llegar a las acrobacias de un solista bagualero; simplemente deberá luchar contra los frenos habituales permitiéndose el desborde y la total expansión. Deberá tener en cuenta que afronta una nueva experiencia, porque su libertad expresiva en el canto está mucho más trabada que la de un chico o de un campesino. Y será bueno que recuerde que si el maestro no canta, el chico tampoco lo hace o lo hace a duras penas, sin entregarse libremente a la fiesta del canto.

        Estas melodías no permiten la polifonía ni el acompañamiento de instrumentos armónicos como el piano o la guitarra. Cualquier intromisión de estos elementos altera su carácter primitivo, su milenario hechizo de canto agreste, tal como lo practica América, África y Asia.


        Para la enseñanza de la canción se copiará la letra en el pizarrón marcando las sílabas donde va el acento. Se leerá entre todos acentuando donde la marca lo indica. El maestro cantará la melodía y la hará repetir hasta que está aprendida. Luego enseñará el ritmo de la percusión. Después se lo juntará con la melodía y los chicos podrán golpearlo a puño cerrado sobre el banco. Cuando se arme la comparsa, los más seguros formarán la banda rítmica con cajas (tamborcitos indígenas), bombos y palos de escoba a los que se le colgarán cascabeles. Estos palos servirán para percutirlos contra el suelo cuando la comparsa se ponga en marcha caminando y brincando al ritmo de la canción.
        La escuela no sólo debe atender a lo que pasa en las ciudades; debe rastrear nuestras sabias costumbres campesinas incorporándolas como aportes de perdurable vigencia. Libre de trabas, el canto rústico con un repertorio de reliquias argentinas, puede revitalizar a la escuela, devolverle fuerzas perdidas y hacerle vivir emociones de profunda alegría y esplendor.